CALLADITA TE VES MÁS BONITA

CALLADITA TE VES MÁS BONITA

De muchas cosas no me acuerdo, pero de esta sí. 

Estaba en el colegio y tenía doce años. Era una buena estudiante. Me encantaba aprender. Sufría, -hoy creo-, de un exceso de curiosidad. 

Un día citaron a mis papás. El profesor les presentó la teoría de que como yo participaba tanto terminaba minimizando a mis compañeras y compañeros, y por ende les impedía que también se unieran a la conversación. 

Me pidió, con mis papás presentes (y aprobando) que no volviera a participar en clase. Que dejara que mis compañeros tomaran la palabra. Que por favor me estuviera más calladita para que mi silencio fuera escenario de la valentía de otros. No lo dijo así, claro, no era capaz de tal nivel de poesía. Pero, con algo más mundano, dijo más menos lo mismo. 

Salí triste pero obediente. Después de esa reunión (que cada año que crezco me parece más absurda) no volví a levantar la mano ni la voz en clase. 

Mi silencio, sin embargo, -y contrario a la teoría de mi profesor- no alentó a mis compañeras a participar. El salón, simplemente, empezó a quedarse cada vez más vacío de palabras. 

Al cabo de un mes llamaron de nuevo a mis papás, les contaron de los resultados de la hipótesis y les dijeron que por favor me invitaran a volver a participar en clase. 

Supe que el profesor les había pedido disculpas y acepté (sin mayor emoción aparente) la invitación de volver a levantar la mano y la voz. 

Digo “aparente” porque estoy convencida de que los “traumas” no siempre nacen en un estruendo, a veces nacen en un rincón profundamente silencioso. Un rincón que, como si se llenara gota a gota de una agua rancia, se demora muchos años en convertirse en una molestia. Y cuando lo logra, cuando el olor (que espero sepas es una metáfora de otra cosa) se vuelve demasiado desagradable cuesta mucha terapia descubrir de dónde es que viene. 

Eso me pasó con esa reunión, con esa primera vez que me solicitaron, cordialmente, quedarme más calladita para no estorbarle a otros. 

Ese día, en ese salón, mi cerebro interpretó que si hacía ruido, que si me lanzaba a preguntar, que si obedecía a mi curiosidad y si levantaba la mano primero que otros, amenazaba la convivencia del grupo. Entonces, con la intención de salvarme, desarrolló a este personaje que llamo “Úrsula” y que se encarga de mencionarme, -sin piedad-, lo incómoda, lo extravagante, lo innecesaria, lo ridícula y lo hostigante que soy cuando escojo no hacer caso de ese “calladita te ves más bonita”. 

Sentí, hasta el año pasado, que Úrsula era una carcelera, mi propia Bellatrix, un espíritu malvado que había crecido para destruirme desde adentro. 

La odiaba, le peleaba, me provocaba arrancarme la cabeza cada que la sentía opinando sobre un proyecto con el que me provocaba desafiar. 

Pero por cada “golpe” que yo daba en la pelea, ella daba cinco más. Todas nuestras conversaciones terminaban destruyendo mi energía y alimentando la de ella. Era una enemiga imposible de vencer. 

Además, era astuta: se disfrazaba. No siempre aparecía con su traje de auto duda, a veces se ponía el de perfeccionismo y sonaba como si estuviera ayudándome a no ser “mediocre”. Otras se vestía de hiper foco, y parecía interesada en “salvarme” de las distracciones del proyecto. Otras tantas escogía el de rutina y me aseguraba con dulzura que si seguía con juicio una línea imaginaria y aburrida me sentiría más tranquila, menos oceánica, menos volcánica, menos salvaje. Más en paz. 

Me era difícil reconocerla cuando no aparecía con voz de mala. Pero, apenas descubría que detrás de esa aparente complicidad solo había una forma de hacerme obedecer, una táctica de contarme la historia como sabía que iba a creérmela, volvía la sensación de desespero, de ganas de eliminarla, de borrarla, de sacármela de encima. 

Sin embargo, como ya te dije: no se iba. Mi rabia la fortalecía. Con cada pelea yo me hacía más pequeña mientras ella, cada vez, se hacía más grande. 

Entonces, un día, decidí probar otra técnica. Dejé de pelear. Me senté a escucharla. Le puse una hoja al frente y le dije: “habla”. 

Rápidamente me di cuenta de que Úrsula no escribía textos largos, no le gustaban las palabras ni los discursos. Sí, soltaba frasecitas de vez en cuando, pero sobre todo pintaba. Le gustaba rayar, dibujar, crear formas. 

Así empecé a entenderla. Me di cuenta, a través de nuestras conversaciones de arte y papel, que Úrsula no me odiaba, todo lo contrario: me amaba demasiado. Tanto que quería salvarme. 

Yo le parecía una mocosa rebelde intentando tocar una plancha caliente solo para sentir el quemón. Porque Úrsula no sabía que ya tenía treinta años ni que me valía por mi misma. Para ella seguía siendo esa niña de doce sentada, indefensa y triste, en ese salón. 

Cada dibujo que compartíamos me movía un centímetro más hacia la compasión. Y en algún momento, -no sabría decirte cuánto tiempo después-, dejé de insultarla cuando aparecía. 

Cambié mi guerra por abrazos. 

Cuando la sentía cerca, empezaba, literalmente, a abrazarme a mí misma frente al espejo y a decirme: aquí estoy yo. No tienes que quedarte callada. Yo sé que aprendiste eso. Yo sé que tienes miedo de ser “ruidosa”, pero tienes mi permiso para ocupar todo el espacio que quieras. Yo voy a defenderte. 

Como sabía que Úrsula prefería otro idioma, cambiaba a ratos las palabras por colores. Me sentaba a pintar con ella, a decirle, con trazos, todo eso que ya le había dicho con palabras. 

De ese proceso nació el libro “Monstruos Creativos”. Úrsula y yo decidimos que sería lindo compartir nuestra técnica con el mundo. Invitar a otras y otros a enfrentar la batalla contra el síndrome del impostor desde un lugar más compasivo y luminoso. 

Escogimos, juntas, dejar de estar calladitas. Y es, por mucho, la elección que más orgullo me ha traído en todos estos años. Porque antes creaba a pesar de ella, en cambio ahora con ella, la tengo de socia. 

Debo decir que no es una socia sencilla, lleva muchos años sufriendo y se le nota. El miedo se le cuela en todos los discursos. Pero es una socia leal y sé que en el fondo guarda solo nobles intenciones. 

Y debo decir también que la única forma que he encontrado realmente funcional para ganarle al síndrome del impostor, es la que he aplicado con Úrsula: cambiar la pelea por el abrazo.

Así que ahí te queda mi técnica. Posiblemente no es la que esperabas. Y me alegra. Porque parte de la magia de la vida es esa: que siempre, siempre, se sale del guion.

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