LA HISTORIA COMPLETA

LA HISTORIA COMPLETA

Me cuesta enfrentarme a este inicio porque sé que de estas diez, -si acaso quince- palabras, depende que vos (que como yo) vivís en un mundo rebosante de estímulos, te quedés a leer - Ojo a la hazaña, ¡a leer!-.

Así que la única forma que encuentro de vencer ese miedo, que es consecuencia de la presión, es rendirme. Decirte, desde ya, que fracasé, que no fui capaz, que llevo más de quince palabras y todavía no he arrancado y que lo más probable es que tampoco arranque en las próximas quince. 

Para que este texto sea fiel a la razón por la que nace, para que se sienta libre de existir y me permita atraparlo entre estas letras que ahora te llegan, no puede pretender ser fácil; necesita toda esa energía para intentar ser profundo. 

Debo, entonces, dejar que dé vueltas, que se demore donde tenga que demorarse, que no le juegue al afán. Así que, si tu búsqueda es otra, si no estás de humor para letras lentas, si no quieres raíces sino fuegos artificiales, es mejor, para los dos, que dejes hasta aquí. 

Sin embargo, si el texto te sedujo, si te tiene todavía atento, atrapado en un no-sé-qué que pica, que despierta, que pregunta: quédate y caminemos juntos. 

Ahora sí, muchas-más-que-quince letras después: empecemos. 

Supongo que lo primero sería contarte que estudio una vaina que yo llamó Filosofía existencial. Pero que, estoy segura, se llama de otra manera (una disculpa para Diálogo Existencial, centro de conocimiento al que asisto y que seguro hizo sus mejores esfuerzos para nombrar bien nombrado lo que yo terminé pagando sin saber nombrar). 

¿Por qué me metí a eso? Yo tampoco entiendo. Creo que llega un punto donde las preguntas se vuelven tan poderosas que dejan de exigir respuestas y empiezan a exigir espacio. Este curso (que tampoco sé si es un curso) prometía eso: espacio para la existencia, una mirada que busca comprender en lugar de resolver. Entonces dije: voy, acudo, asisto, me congrego. 

En esta formación (llamémosla así para no ofender a la verdad) tenemos dos libros guías. Textos de estudio: académicos, escritos con normas APA y referentes puestos en notas al pie de página. Una vaina seria, estructurada, metódica. Que, sin embargo, logra, de vez en cuando, expresar verdades muy profundas en líneas muy sencillas.

Aquí va una prueba: 


“La principal obra de arte que crea la persona es su existencia”. 


A veces, porque soy así, -porque los vicios a los que les dedicamos demasiado tiempo se nos vuelven lunares imborrables que no acampan en la piel sino en el comportamiento-, publico en mis historias alguna de estas frases. 

Y siempre, una, o dos, o tres, o diez personas, me preguntan -con una ilusión que logro detectar incluso a través de la pantalla- que qué libro es, que qué estoy leyendo, que por favor les diga cómo se llama esa maravilla de texto. 

Ojo, -que aquí viene la carne del asunto-: por una frase de doce palabras la gente (vamos a decir la gente porque exagerar es más emocionante) dice querer leerse un texto académico, robusto y complejo. 

En verdad: no quieren, pero dicen querer. Se me ocurre que es porque en sus cabezas pasa algo como esto: ven la frase, la frase les parece wow (porque la frase ES wow) y piensan: “ay mira, un libro de frases wow”. Y llaman certeza a esa generalización. 

Solo por hacer el ejercicio y develar el final antes de que termine el capítulo, aunque eso vaya en contra de todas las reglas narrativas, voy a pasar aquí el párrafo completo del que saqué la frase que puse arriba como ejemplo (“La principal obra de arte que crea la persona es su existencia”), ahí va: 

 

“Conviene darle un espacio a la experiencia artística, ya sea vía la creación de obras o por su contemplación o participación. Lo anterior puede ocurrir de manera activa en el transcurso de la sesión misma (a través de utilizar medios artísticos para acompañar a la persona), o por considerar las narraciones de experiencias artísticas con toda seriedad. Sin olvidar que la principal obra de arte que crea la persona es su propia existencia”.


¿Ves? Lo “wow”, lo que se gana el estatus de subrayado, está inmerso dentro de otro montón de cosas que no tienen ni de lejos la misma cantidad de brillo. En este párrafo y en la vida. 

Y lo cierto es que no queremos leer ese otro montón de cosas, no nos interesa la totalidad del texto, el reto cognitivo de descifrarlo, el proceso transformador de caminar entre las letras como abriendo trochas entre la maleza. Nos interesa el resultado, el pedacito, la parte que brilla. ¿Y el esfuerzo? Si porfa me lo ahorran y muchas gracias tan amables. 

Eso desata un montón de cosas preocupantes (o bueno, al menos preocupantes para mí, que también, para que sepan, me preocupo por todo). Así, de primerazo, podría listar tres:  

 

UNO

Vemos “subrayados” ajenos (y aquí no estoy hablando de letras cobijadas por un resaltador, sino de vidas encuadradas en pantallas) y creemos que todo el libro es igual de pulido y de brillante. Entonces, ante esa imagen, revisamos nuestro propio libro (espero yo que el lector, o sea vos: ya sepa que cuando digo libro estoy diciendo vida) y lo encontramos deficiente: “mira el de ella, lleno de frases bonitas. ¿Y el mío? repleto de párrafos enredados, difusos, complejos”. 

 

DOS

Vemos “subrayados” ajenos (y aquí estoy hablando de “verdades” que otros vociferan como únicas, como probadas, como ciertas) y no nos paramos a preguntarnos de dónde vienen, cuál es el texto que las precede y las continúa, qué tanto ese “pedacito” extraído corresponde a una interpretación completa o qué tanto está sacado de contexto y mostrado en el ángulo preciso y de la forma exacta, para que parezca lo que necesitan que parezca.

 

TRES

Vemos “subrayados” ajenos y queremos encontrar los propios sin leernos el libro, sin hacer el esfuerzo de enfrentarnos al desorden de las ideas. Queremos coger nuestras vidas y activar una clave mágica, una especie de: control, alt, subrayar; que de manera automática, efectiva y fidedigna, nos muestre el aprendizaje, nos devele la sabiduría, nos traduzca la intuición. 

 

Pareciera que vivimos para subrayar y solo a través de lo subrayado. Creyendo que afuera todo el mundo está leído (que es otra forma de decir resuelto) menos nosotros. Suponiendo que las verdades ya las encontraron otros en libros que no tenemos, ni entenderíamos, entonces para qué esforzarnos. Y, la peor de todas, que el libro vale por sus frases listas y no por el proceso de encontrarlas. 

Sí, mi libro de Filosofía existencial (el libro sí se llama así, por eso no repito las disculpas), tiene unas frases wow, pero también tiene unos párrafos densos, dolorosos, cuestionadores. Párrafos que me ha tocado leer tres veces y a la cuarta darme al dolor de que no puedo entenderlo todo. Párrafos redundantes, que no arrojan nada nuevo, que me hacen desconectar del ritmo de la lectura. 

Y si uno fuera tonto concluiría que a pesar de eso: tiene frases wow. Pero no es “a pesar de eso”, es “justo por eso”. 

Esas frases, estoy segura, solo se hicieron posibles cuando el autor estaba tan inmerso en el tema, tan desenvuelto, tan entrado en comunión con lo que estaba creando, que las ideas, benevolentes, le regalaron una dosis extra de su magia. Esas frases necesitaron de todas las anteriores para existir. 

No hay resultado sin proceso. El trabajo que se ve, es porque se hace. A pesar de que nos quieran hacer creer lo contrario. A pesar de que nos vendan fórmulas y claves para acelerar lo inacelerable, a pesar de que inventen cuanta tecnología con la promesa de el mundo a un clic. 

Porque sí, hoy existe un universo de opciones para saltar a la respuesta. Pero saltar a la respuesta no es lo mismo que llegar a la respuesta. Sobre todo, porque el valor de la respuesta no está en sí misma, sino en el proceso que uno vive para encontrarla. 

Ojalá no se nos olvidara, pero se nos olvida.

Por eso escribo, este texto es mi batalla. Mi forma de recordarme y recordarte a ti, -que caminaste hasta el final conmigo-, que lo que importa es la historia completa, no solo los subrayados (especialmente si son ajenos). 

 

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